Un relato corto basado en hechos reales:
Mi mente se iba, como suele ser costumbre, por alguno de sus extraños y enrevesados pasillos psíquicos, distraída mientras el Doctor J. y la residente arreglaban el papeleo necesario para la petición de un par de pruebas a una paciente.
Como avisada por algún sexto sentido, mi percepción focalizó su atención en la puerta, donde el Doctor M. —aunque no puedo evitar, en mi mente, llamarle simple y llanamente Alfredo— parecía interesado en esa atención que fortuitamente le presté.
—Vete a ver al paciente de la última habitación del pasillo, y auscúltalo, a ver qué oyes —me dijo, con una curiosa sonrisa en su cara. Por alguna razón, me imaginaba que algo se tramaba más allá de la simple docencia. Pensé que quizás habría algo muy raro en la auscultación de ese paciente, o que no sería capaz, en principio, de localizar algo que estaba muy escondido a oídos inexpertos.
—V- vale —titubeé, no por miedo ni nada similar, sino porque se ha fosilizado en mí como una costumbre, el incluir un tono absurdamente dubitativo en respuestas cortas, aún cuando no dudo de que debo responder como lo estoy haciendo.
—¿Qué tiene? —le oí preguntar a la residente, mientras salía en la busca y captura de ese galimatías de ruidos cardiacos o pulmonares que me iba a encontrar. Salí dando la vuelta, en lugar de usar la puerta reservada al personal sanitario, por ese irracional miedo a un rapapolvo, ese absurdo miedo a que piensen de mí que me creo más de lo que soy.
Crucé el pasillo en dirección a la habitación, olvidando un detalle.
Cuando llegué, el hombre, mayor y, sobre todo, ajado por la enfermedad, salía del baño, y a la tenue luz que alumbra en umbral de todas las habitaciones de la planta pude ya ver el color amarillo de su piel, una ictericia que saltaba con virulentos chillidos desde sus escleras coloreadas a los ojos de cualquier observador. No obstante, yo no iba para analizar su coloración, sino para auscultarlo.
El hombre parecía cansado, y cuando me presenté para pedirle permiso para auscultarlo, me hizo un gesto como para que esperase. Viéndolo dirigirse al sillón situado al lado de la cama, deduje que quería que esperase a que se sentase. Sin embargo, mi proceso mental no llegó a terminar cuando el hombre estalló en un vómito violento y copioso, de lo que parecía poco más que agua, pero que cayó sobre el suelo con el característico restallido del líquido sobre una superficie dura, como un latigazo. Me quedé petrificado en primera instancia, no esperaba ese violento recibimiento.
Las enfermeras se apresuraron a cubrir el suelo con pañales para secarlo y para evitar que siguiera manchándose, dado que, casi sin terminar de preguntarle si se encontraba mejor, volvió a azuzar el piso con otro vómito.
Decidí que lo mejor sería pasar más tarde y dejar descansar al hombre, y así fue que se lo dije para que el hombre no se agobiase pensando que, entre vómito y vómito, iba a estar un inexperto aspirante a matasanos a pegarle un frío fonendoscopio para ver si oía o no oía.
Volví, y esta vez decidí sí acortar camino por la puerta, quizás por la adrenalina de la sorpresa, quizás por una asunción inconsciente de que asistir de primera mano a la vivencia de los síntomas del paciente me hacía más merecedor de entrar por esa puerta, no lo sé. Busqué al Dr. M., al que informé de que lamentablemente no había podido realizar la auscultación por lo que no había podido. Ahí me confesó el por qué de aquella satírica sonrisa: quería que me fijase en su color de piel.
—¿No te fijaste en nada aparte de los vómitos? —preguntó.
—Sí, bueno, su coloración... —contesté, ligeramente cohibido al tenerlo a él, a su residente, y a la otra adjunta, la Dra. H. mirándome con la expectación banal con la que se espera la respuesta de un concursante del 50 x 15.
—¿Cómo estaba?
—Un poco amarillo, ¿no?
En ese momento, los ojos de los tres se abrieron más, y las comisuras de sus bocas se acercaron más a sus orejas, como entusiasmados al ver qué respuesta marcaba. Al menos esa reacción resultaba menos inquietante que la ceja de Carlos Sobera.
—¿Sólo un poco amarill0? —insistió Alfredo.
—Vale, vale, amarillo amarillo, ic-
—¡Eso es ictericia! —reveló, con un ambiguo brillo docente en sus ojos. Ambiguo porque me gusta que me enseñen, pero a la vez me incomodaba que pensasen que no sabía qué era la ictericia. Supongo que algo de orgullo malsano sí que tengo, como ese restillo de café que queda después de terminar la taza y que no te tomas porque en segundos se ha quedado como las patas de un muerto.
Bueno, sonreí, realmente porque el agradecimiento por la enseñanza podía más que cualquier otra cosa, entusiasmado como estaba entonces por aprender cada día más y más, por ver cosas nuevas, por saber de qué se habla, por hablar yo con propiedad, con conocimiento de causa.
Volví con el Dr. J. y la residente, que me esperaban a sabiendas de lo que me había encontrado. Fue entonces cuando el Dr. J. me informó de que debía tener cuidado con pacientes desconocidos, porque no se sabe de qué pueden estar infectados, como el del final del pasillo, ése que casi me vomitaba encima, con la hepatitis C que tenía su bilirrubina por las nubes, con un nivel 20 veces tan grande como el límite superior a lo normal en personas sanas. Un signo evidente del riesgo ignoto para mí a priori. Una tarjeta amarilla por no haber supuesto el peligro.
A veces pasa rozando, sí...