Hoy no escribo como ayer, porque tengo muchas cosas que contar, y si me comprometo con la formalidad de seguir escribiendo en plan Lewis Carroll —premio para los que se percataron, sin que nadie les dijera nada, que los tres primeros párrafos de la entrada de ayer son un calco de lo que pone en el cuento original de
Alicia en el País de las Maravillas— no voy a poder contarlo todo sin que sea muy forzado.
El caso es que hoy, como anticipé ayer, ¡entré a quirófano por primera vez! Los que me hayan seguido de momento sabrán de mi prematuro amor por las especialidades médicas, y aunque no lo he puesto de manera explícita, siempre he dejado caer con mayor o menor grado de franqueza, que las quirúrgicas nunca me habían llamado. En cualquier caso, es lo que siempre he pensado y dicho.
Hoy, sin embargo, debo retractarme de mis conjeturas previas. Tenía una imagen de la cirugía demasiado fría, técnica —y ultratecnológica, con lo tradicionalista que soy yo—, insensible. No lo sé, realmente no sé por qué tenía yo una imagen tan predispuesta al rechazo hacia la cirugía. Pero hoy he entrado al quirófano, y desde el primer momento me ha llamado muchísimo la atención cómo todo está
perfectamente coordinado. Cada uno tiene su función y todos colaboran. Sí, suena a perogrullada, pero quizás por eso de ser el primer día, quizás porque uno cuando entra no sabe, ni para bien ni para mal, absolutamente nada, me llamó la atención. Ahí estaba yo, perdidillo, con mis calzas, mi gorro, mi mascarilla y mi pijama de papel azul, dejando claro entre tanto verde que yo venía "de visita".
Sobre la mesa, yo pensé primero que era un señor obeso, luego me enteré de que a lo sumo me llevaría un año y medio. Cada día que paso en
Cirugía General (y del Aparato Digestivo), y eso que sólo llevo dos, se me cura más de espanto esto de la gordura —hoy he empezado, como tantas veces, con la rutina de comer lo que haya y nunca fuera de hora, y estoy sufriendo una pasada; esperemos que no acabe por ganarme la ansiedad—. En fin, era una cirugía bariátrica, una reducción de estómago —creo, realmente no me enteré del todo de cuál era el plan último de la cirugía; estaba, de hecho, más maravillado y observador de cada último detalle, que con afán "de cirujano"—, hecha por
laparoscopia (no se abre el abdomen, sino que se introduce una cámara por un orificio, mientras por otros se introduce el instrumental necesario para trabajar de una manera mínimamente agresiva), así que tampoco es que viera nada especialmente "gore". Pero como ya digo, la técnica realmente es lo que menos me importa, no sólo porque lo diga yo, sino porque yo, de momento, estoy yendo a
Fundamentos de Cirugía. Me interesa más la dinámica del quirófano, una visión general de lo que se hace sobre el paciente, desde todos los ángulos (el del anestesista, el del cirujano, el de los enfermeros...); los procedimientos de asepsia, y las cositas más generales.
Yo entré ahí, y tanto el adjunto (
el Duque, que no Duquesa) y el residente (
la Liebre de Marzo) empezaron desde el principio a explicarme. Las enfermeras, que por lo que me habían contado, estaban algo a la defensiva con eso de que entre demasiada gente en quirófano, fueron de lo más amable conmigo. Me dio hasta la sensación de que miraban —y sería con razón— con cara de "
Ay, pobrecito, que está perdidillo...". Y desde "
el lado oscuro del quirófano",
anestesiocito y
anestesioblasta, me hacían sentir, aunque yo sólo era un espectador, tranquilo y con la sensación de que había un aliado ahí detrás, asomando la cabecilla de vez en cuando.
Una vez todo estuvo preparado, el Duque me llevó, para mi absoluta sorpresa, a lavarme —
Mar me había dicho que probablemente no me lavaría y estaría únicamente a un lado, porque fue lo que le pasó a ella—. Ahí empecé a darme cuenta de lo auténticamente
ritualista que es todo el acto quirúrgico, desde el primer momento. "
Las manos hacia arriba, siempre, que el agua no te gotee desde el codo hasta la mano, sino al revés, porque si no para nada te lavas." Me costaba tenerlo en mente, por ser mi primera vez, y porque mi despistada mente es de las de llevar la contraria y concentrarse poco —una de las razones que sigue alejándome de la cirugía, donde todo es inmediato—, pero salí al paso. Bata y guantes estériles, "
no te toques la mascarilla ni nada", "
las manos como en oración, es lo mejor si no quieres equivocarte". Quizás por mis personajes de rol, por mi imaginación hiperactiva, o lo que sea, no podía evitar sentirme como un joven novicio recién llegado a un monasterio, porque todo tiene importancia y todo es un ritual cuasi religioso.
Si hubiera sido el novicio, o si aún de no serlo fuera religioso, me habría encomendado a San Lucas en ese momento, porque tuve que acercarme, ahora con el aura de respeto y cuidado más acusada. Y el partido de
cricket empezó. El Duque y la Liebre de Marzo (o Dr.
Ojazos, que también se lo merece) empezaron a acceder a aquel abdomen, aún secreto para mí más allá de los libros de Anatomía —no tuve prácticas con cadáveres, que es un detalle—, y cuando la cámara enfocó el hígado, el ligamento falciforme, el diafragma, el fundus gástrico, el epiplon mayor, y alcancé a ver la entrada del esófago a través del hiato del diafragma; mis ojos se pusieron a brillar igual que el peritoneo que cubría todo. Limpio, bonito y sobre todo, real. Como cuando ves por fin a un amigo que sólo conoces por carta, la anatomía dejó de ser una simple cosa aprendida, o vislumbrada radiológicamente, para ser una realidad casi tangible. De hecho, ya lo era para el Duque y la Liebre de Marzo, que podían incluso manipularla.
En fin... creo que no hace falta detallar, visto lo que he escrito ya, el subidón de adrenalina y endorfinas que me dio, a pesar del dolor de espalda y los picores tan oportunos que siguen la ley de Murphy —cuanto menos puedas rascarte, ¡más te picará y en sitios más inaccesibles a tu limitado alcance!—. Entré pensando que la cirugía no me gustaría, salí fascinado con el quirófano. Quizás el dolor de espalda, las tantas horas de trabajo en una misma posición, la nostalgia de la magia de la medicina (interna)... son lo que sigue sin convencerme al 100%. Pero desde luego, ya
no es un 0%.
¿Cirugía? Tampoco pidamos tanto pero como saben que me gusta decir:
ya veremos...