
Y ya se han acabado mis oportunidades de rotar por la UMI (o UCI, o UVI, según a quién le preguntes), a no ser que me decante por ese servicio para la porción de libre elección de mi rotatorio del año que viene. Pero lo cierto es que esta vez no lo he disfrutado tanto como la anterior. Se respiraba un cierto ambiente de tensión por todo el servicio, y el profesor que nos tutelaba estaba ligeramente más agrio que en otras ocasiones. Es más, falté el último día y me contaron que en una sesión se armó la marimorena con palabras más altas que otras...
Y será que estoy ya acostumbrado a olerme los problemas que puede haber, pero no terminaba de estar cómodo en el servicio. A pesar de que el jefe me pusiera a mí solo a revisar a un paciente para luego contarle todo, a pesar de que el personal no me tratara mal en absoluto, yo no terminaba de encontrarme como la vez anterior. La irascibilidad del profesor, las prisas por salir incluso más tarde de la hora a la que supuestamente terminan las prácticas —a veces insuficiente para cruzar uno toda la ciudad de punta a punta—, todo eso me comenzó a molestar desde el principio, y podría decir que me he sentido un poquitín ahogado.
Pero en fin, intento mirarlo con diplomacia y perspectiva. La Medicina Intensiva no deja de ser una especialidad que me resulta muy atractiva, por la amplitud de conocimientos y competencias que abarca, así como el impacto directo que tiene sobre el paciente, con un feedback muy rápido. En cualquier caso, no dejo de alegrarme de cambiar el estrés de esta última semana por el relax tan absoluto que se respira en Dermatología, especialidad que no me llama en absoluto, pero que tampoco es que me cause animadversión alguna.
Después de un par de semanas libres, se me vienen unas cuantas semanas seguidas de prácticas y diferentes servicios, así que tendré para contar. ¿El qué? Pues ya veremos...

