martes, 13 de diciembre de 2011

Ser, estar y parecer


Son los verbos copulativos, que dicen —o decían— los libros de lengua castellana. Y dicen cosas muy distintas, aunque en otros idiomas se use la misma palabra —para ser y estar, quiero decir—, lo cual nos ha traído de cabeza a tantos hispanoparlantes a la hora de aprender el inglés, el alemán y demases.

Pero son cosas muy distintas, el ser y el estar, más aún el parecer. El ser, en español, implica una cuestión constitucional, algo que forma parte casi siempre indisoluble, de forma casi siempre irremediable, del sujeto en cuestión. El estar, sin embargo, normalmente habla de una cualidad transitoria o reversible, de ahí la palabra "estado". De ahí que a la gente obesa que ha tenido ese cuerpo de toda la vida y a la que se une toda una familia de obesos, se le suele decir que "es gordo", porque es su constitución o su tendencia natural, y decir que una persona "está gorda" suele tener un cariz más optimista, que tiene en cuenta la posibilidad de su adelgazamiento.

A mí me pasa a veces, cuando me pongo malo de algún resfriado o algo así, que cuando ya llevo una semana o diez días fastidiado, tengo la impresión de que no estoy enfermo, sino que "soy" un enfermo, que no se va a curar nunca y que no recuerda el no estarlo.

En ocasiones se plantea también la cuestión: ¿Estoy triste o soy triste? ¿Es esto algo que me ocurre por una circunstancia o es una característica de mi personalidad? ¿Se me ha puesto una nube negra encima o soy "portador crónico" de nube negra? A veces, sobre todo cuando uno está —espero— triste, da la impresión de que las cosas malas han venido todas juntas, una detrás de la otra, y que no sale uno de Guatemala sino para meterse en Guatapeor, o al menos una Guatemala distinta, y la duda entre ser y estar hace su aparición.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Será la época...


Siempre he sido una persona que ha disfrutado la Navidad, pero este año, quizás porque me falta alguien, me he vuelto un poco como esta gente a la que no le gusta. Un poquito del Grinch y de Ebenezer Scrooge se ha metido en mí, o eso creo. Se lo achaco a la época porque no tengo otra cosa a la que achacársela.

La gente habla de reunirse, de pasar tiempo juntos, de festejar, a mí la fiesta es lo que menos me llama ahora mismo. Prefiero la idea de pasar ratos tranquilos con gente a la que quiero, poquitos, en tranquilidad, a ser posible sin mucha luz ni mucho ruido. Se me apetece un poco de música de fondo, suave y tranquila, el olor de las comidas de la época, a carnes y dulces, una mezcla de asado, canela y almendra, quizás algo de vino especiado caliente del que se usa en Centroeuropa...

Pensar en la Navidad me arranca una sonrisa melancólica, recuerdo otros diciembres como éste, y pienso en todo lo que ya no está, en todo lo que he dejado atrás, en lo que seguramente no vuelva nunca, y me entristezco, me agrio un poco. Las reuniones de ex-alumnos, de gente a la que me unen pocas cosas se me antojan excesos que exigen demasiado de mí, tal y como me encuentro, tal y como soy hoy en día.

Quizás sean estas nubes grises que cubren el cielo grancanario en esta tarde de sábado, quizás solo sea la soledad que tengo ahora mismo, pero creo que me hago viejo, un viejo un poco agrio. La vida es hermosa, pero en su hermosura hay cosas que nos hacen estar tristes, ¿no es verdad?