Lleva tres meses tosiendo sangre, sin hambre ni fuerzas para nada, perdiendo peso y con dolores que van a más en el hombro y el brazo y fue al médico sin que nadie lo supiera. Formó su propia conspiración de silencio. Para proteger a los suyos, dice. Fue a Urgencias de tapadillo, nos pedía que mantuviéramos el secreto.
Hoy viene con su hijo. El informe de la broncoscopia lo dice claro. Cáncer microcítico de pulmón. Y no se puede operar, solo la quimioterapia puede intentar parar su avance. Aún así, pregunta:
—Entonces, ¿tengo cáncer?
Su hijo, nervioso, le recrimina la pregunta. Ya se lo han dicho dos médicos, el que le hizo la prueba y el de las urgencias. Pero el confía en su médico de cabecera, o es quizás que aún no quiere creérselo. Kübler-Ross hablaba de la negación como el primer paso en el duelo. Y aún así él vino solo desde el principio, no quería preocupar a nadie. Y aún así el preguntó muchas veces si lo que tenía podía ser malo. En el fondo, siempre lo supo. Y ahora queda luchar.

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