En nuestro tiempo asociamos el ser mayor con tomar un cóctel de medicamentos cada día. Es un binomio aparentemente indivisible el de la edad avanzada y la medicación numerosa. Y aunque en otras poblaciones, como los niños, los efectos del disease mongering, esa maligna pasión de quienes tienen intereses pecuniarios de por medio por asignar etiquetas de enfermedad al primero que se encuentran por la calle, son muy claros; entre los ancianos da la impresión de que nos resignamos a que tendrán tantos problemas de salud que necesitarán una lista de la compra proporcionalmente larga para la farmacia.
No es ninguna novedad para ningún médico que el anciano sufre cambios importantes que afectan a los efectos de los fármacos: la composición corporal cambia a favor de la grasa (y una mayor acumulación de los fármacos liposolubles) y en detrimento de la masa muscular y el hueso (propiciando caídas, y de mayor gravedad), el hígado y el riñón funcionan algo más lentamente y se adaptan peor a los cambios y varios etcéteras interesantes. Los geriatras no se cansan de decir que medicar a los ancianos no debe ser algo que se haga a la ligera —ni que se deje de hacer a la ligera, todo sea dicho—, y aún así proliferan muchos planes de tratamiento con numerosas interacciones y causantes de reacciones adversas. Esas reacciones adversas se plantean muchas veces como nuevos problemas de salud independientes de la medicación y el tratamiento adecuado (cambiar o suspender el fármaco responsable) se sustituye por un nuevo fármaco con sus efectos adversos propios.
El anciano polimedicado es a veces una necesidad y otras tantas un claro ejemplo de iatrogenia, o sea, enfermedad causada por el médico y sus actuaciones. El anciano es, de por si, más frágil que otros pacientes, y una intoxicación crónica (por necesidad o por vicio) con fármacos lo hace aún más vulnerable. ¿Son todos los médicos conscientes de esto como deberían o estamos en algunos casos acelerando la enfermedad y la muerte en algunos pacientes al caer en la paradoja de la iatrogenia? ¿Hasta qué punto?

6 comentarios:
He leído en más de una ocasión que lo complicado no es elegir un medicamento para añadir al plan terapéutico, lo más complicado es quitar alguno. Pero para esto se necesita tiempo, para analizar el plan, para ver los resultados conforme se quita alguno, para explicárselo al paciente... Tiempo del que no disponen en AP :(.
Eso es cierto. Ahora bien, ¿se hace mal solamente en AP?
No, los otros especialistas son, de hecho, los que más añaden medicamentos. Ellos también deberían intentar quitarlos cuando no sean necesarios o puedan sustituirse por medidas higiénicas, deporte...
Pero pienso que el médico de AP, dentro de unos límites, sabe cómo replantear el plan de tratamiento, y puede hacerlo, ya que mantiene una relación más cercana con el paciente y le conoce mejor a él y el entorno en el que vive.
Este artículo está guay: http://www.msc.es/biblioPublic/publicaciones/docs/vol29_6AncianoPolimedicado.pdf
Por lo visto los efectos adversos a fármacos son la 4ª causa de ingreso de pacientes ancianos a Medicina Interna. Y claro, son ellos precisamente los que están polimedicados con mucha más frecuencia. Yo creo que a veces la "pereza" o "acabar rápido" es lo que hace que no se revisen los tratamientos y que muchas veces sí que se pueden reducir sus listas. Como mínimo por ética y, además, por el gasto. A ver si se hacen más programas en ese sentido.
Por si os pudiera resultar de interés...
hemos perpetrado un vídeo para un certamen sobre polimedicación y, aunque en la premisa inicial contemplamos que el 'paciente' está convenientemente polimedicado, sí hemos intentado reflejar la descoordinación entre especialistas que comentais.
¡Gracias por vuestro tiempo!
http://youtu.be/RX4CWK3pP1E
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